La digitalización en España ha dejado de ser una tendencia emergente para convertirse en una realidad plenamente consolidada. Así lo constata el informe ‘La Sociedad Digital 2026’ (datos de 2025), elaborado por el Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (Ontsi), que analiza el grado de penetración de la tecnología en la sociedad española y su impacto en ámbitos como la vida cotidiana, la actividad empresarial y la relación de los ciudadanos con las administraciones públicas.
Los datos del informe muestran que la transformación digital va mucho más allá de la adopción de nuevas tecnologías. Su impacto se extiende a la vida cotidiana, alterando hábitos de consumo, formas de comunicación, modelos de trabajo y la manera en que los ciudadanos interactúan con los servicios públicos.
Los datos reflejan que España ha alcanzado una nueva etapa de madurez digital. En un contexto en el que la conectividad está ampliamente consolidada, las diferencias ya no vienen marcadas por la disponibilidad de dispositivos o acceso a Internet, sino por la capacidad de las personas para desenvolverse en entornos digitales cada vez más complejos. La formación, la autonomía tecnológica y el uso crítico de las herramientas digitales emergen así como los nuevos factores de inclusión.
Una sociedad plenamente conectada
España es hoy una sociedad prácticamente hiperconectada. El teléfono móvil está presente en el 97,2% de los hogares y se ha convertido en el dispositivo central de la vida cotidiana. A este se suman otros equipamientos digitales ampliamente extendidos, como el ordenador portátil, con una penetración del 78,8%, o la televisión inteligente, que alcanza el 68,5%.
La conectividad también está plenamente consolidada. El 83,7% de los hogares dispone de banda ancha fija y, dentro de este grupo, la fibra óptica representa el 90,8% de las conexiones. Los niveles de satisfacción son elevados: el 84,2% de los usuarios valora positivamente su conexión en el hogar y el 87,2% la calidad de la conexión móvil.
El uso de Internet está completamente integrado en las rutinas diarias. Más de la mitad de la población lo utiliza para informarse, consultar medios o acceder a redes sociales. Cerca del 49% realiza gestiones financieras online y un 41,7% organiza actividades de ocio a través de plataformas digitales.
El uso intensivo de la tecnología se traduce en una media de 3 horas y 49 minutos diarios de uso de dispositivos digitales fuera del trabajo o los estudios. Aun así, la presencialidad mantiene su peso: el 65,5% prefiere el contacto cara a cara en el ámbito laboral o educativo cuando es posible, y casi el 80% sigue optando por consultas médicas o psicológicas presenciales.
Redes sociales y las nuevas formas de comunicación digital
Las redes sociales continúan teniendo un papel central en el ecosistema digital español. WhatsApp domina con un uso varias veces al día del 85,7%, mientras que Instagram se mantiene como la segunda gran plataforma. En contraste, Facebook, X, LinkedIn o Telegram pierden relevancia, y TikTok supera ya el 52% de no usuarios.
El comportamiento de los usuarios también está cambiando. La actividad más frecuente es la comunicación privada, mientras que la participación en debates públicos o la publicación de opiniones sobre actualidad es cada vez menos habitual. El tiempo medio de uso se sitúa en 2 horas y 19 minutos diarios.
El informe también refleja una evolución en los usos que los ciudadanos hacen de las redes sociales. Frente a etapas anteriores, en las que estas plataformas tenían un mayor peso como espacios para compartir opiniones o participar en conversaciones públicas, gana protagonismo su función como herramienta de comunicación interpersonal y acceso a contenidos. La mensajería instantánea, el consumo de información y el entretenimiento se consolidan como los principales motivos de uso entre los usuarios españoles.
Esta tendencia se produce en un contexto de mayor conciencia sobre los riesgos asociados al entorno digital. La creciente preocupación por la desinformación, la exposición a contenidos problemáticos y el impacto del tiempo de conexión está contribuyendo a que los usuarios adopten comportamientos más selectivos en las redes sociales. En conjunto, los datos muestran una utilización más madura de estas plataformas, centrada cada vez más en la comunicación cotidiana y menos en la participación activa en el debate público.
Menores y el uso de la tecnología
Uno de los aspectos que más preocupación genera es el uso de la tecnología entre menores. Aunque más del 80% de la población reconoce el valor educativo de Internet, el 58,4% considera que los niños y adolescentes pasan demasiado tiempo frente a las pantallas. Además, el 53,7% percibe una mayor exposición a riesgos como el ciberacoso, la violencia o contenidos inapropiados.
Esta preocupación no se limita únicamente al tiempo de uso, sino también a la calidad de la interacción de los menores con los entornos digitales. El acceso temprano y continuado a dispositivos conectados ha modificado sus hábitos de ocio, comunicación y aprendizaje, lo que refuerza la necesidad de acompañamiento por parte de familias y centros educativos para fomentar un uso más seguro y equilibrado de la tecnología.
Al mismo tiempo, este uso intensivo plantea retos relacionados con la supervisión y el acompañamiento por parte de familias y centros educativos. La gestión del tiempo de pantalla y la exposición a contenidos en línea se consolidan como elementos clave en el debate sobre el impacto de la digitalización en la infancia y la adolescencia.
Desinformación y percepción del riesgo digital
En paralelo, la preocupación por la calidad de la información digital es elevada. El 86,3% de la ciudadanía considera frecuentes los bulos y noticias falsas en Internet, y ocho de cada diez creen que la red facilita el acceso a contenidos manipulados.
La política es el ámbito donde esta desinformación se percibe con mayor intensidad, seguida del aumento de discursos de odio, especialmente contra la población inmigrante. Todo ello refuerza una visión más crítica del entorno digital que en etapas anteriores.
Esta percepción está vinculada al crecimiento del consumo de información a través de entornos digitales y redes sociales, donde los ciudadanos reconocen mayores dificultades para distinguir entre contenidos verificados y no verificados. La rapidez con la que circula la información y la multiplicación de fuentes contribuyen a reforzar esta sensación de incertidumbre.
En este contexto, existe un amplio consenso sobre la necesidad de reforzar la educación digital: más del 80% respalda la inclusión en las aulas de formación sobre uso responsable de dispositivos, redes sociales y prevención del ciberacoso.
Asimismo, se apunta a la importancia de fomentar competencias críticas en el conjunto de la población, con el objetivo de mejorar la capacidad de identificar información fiable y reducir el impacto de la desinformación en la opinión pública.
La nueva brecha digital entre competencias, autonomía y desigualdades
El informe del Ontsi apunta a un cambio profundo en la forma de entender la desigualdad digital. Si antes la brecha se asociaba a la falta de conexión o dispositivos, hoy el foco se desplaza hacia las competencias digitales.
El 33% de la población considera que es necesario mejorar la calidad de la información y los recursos digitales, mientras que el 31,2% reclama herramientas más fáciles de usar. Las diferencias son especialmente visibles entre generaciones, niveles de renta y género.
Mientras el 56,1% de los jóvenes de entre 16 y 24 años afirma estar al día de los avances tecnológicos, ese porcentaje cae hasta el 37,2% entre las personas de 65 a 74 años. La conclusión es clara: la inclusión digital ya no depende del acceso, sino de la capacidad para desenvolverse en entornos tecnológicos cada vez más complejos.
La evolución de esta brecha digital refleja que disponer de acceso a Internet ya no garantiza una participación plena en la sociedad digital. La capacidad para identificar información fiable, proteger la privacidad, realizar trámites online o adaptarse a nuevas herramientas tecnológicas se ha convertido en un factor determinante para aprovechar las oportunidades que ofrece la digitalización.
Esta realidad adquiere una relevancia creciente en un contexto marcado por la expansión de tecnologías como la inteligencia artificial y la automatización de servicios. A medida que los entornos digitales ganan complejidad, las competencias tecnológicas pasan a desempeñar un papel cada vez más importante en ámbitos como el empleo, la educación o la relación con las administraciones públicas, reforzando la necesidad de impulsar programas de formación y acompañamiento digital para los colectivos más vulnerables.
Administración pública digital con avances y fricciones
La digitalización de los servicios públicos en España continúa avanzando, aunque todavía presenta fricciones en su funcionamiento cotidiano. El 52,1% de la ciudadanía considera relativamente sencillo encontrar lo que necesita en la administración electrónica, pero el 43,7% afirma haber tenido que acudir presencialmente a una oficina tras no poder completar trámites de forma online.
En cuanto a los sistemas de identificación digital, Cl@ve se ha consolidado como la principal herramienta de acceso a los servicios públicos con un 57,5%. Sin embargo, otras opciones como el DNI electrónico siguen teniendo un uso limitado, lo que pone de relieve que la simplificación de los procesos administrativos sigue siendo uno de los principales retos pendientes.
A este escenario se suma la percepción de que, aunque los servicios digitales están cada vez más disponibles, no siempre resultan intuitivos o homogéneos entre distintas administraciones. Esta falta de uniformidad puede generar confusión en los usuarios y aumentar la dependencia de canales presenciales para resolver gestiones básicas.
El informe también sugiere que la experiencia del usuario se convierte en un factor clave para valorar el éxito de la administración electrónica, más allá de la mera digitalización de los procedimientos. La facilidad de uso, la claridad de los pasos y la integración de servicios aparecen como elementos determinantes para consolidar el modelo digital.
En este contexto, el reto no solo consiste en digitalizar más trámites, sino en asegurar que la ciudadanía pueda realizarlos de forma autónoma, sin barreras técnicas o de comprensión que limiten el acceso efectivo a los servicios públicos.
La IA se consolida en el uso cotidiano
En paralelo a la digitalización de la administración, la inteligencia artificial ha comenzado a integrarse de forma generalizada en la vida diaria de los ciudadanos. El 56,3% de los españoles afirma haber utilizado herramientas de IA, especialmente para tareas como la redacción de textos, la traducción o la creación y edición de imágenes.
No obstante, su adopción no es homogénea. Mientras la mayoría de los jóvenes ya ha utilizado este tipo de herramientas, el uso cae de forma muy significativa entre la población de mayor edad: el 71,6% de las personas entre 65 y 74 años asegura no haberlas utilizado nunca.
La expansión de estas tecnologías está modificando la forma en que las personas acceden a la información, estudian, trabajan o realizan tareas cotidianas. Herramientas basadas en inteligencia artificial comienzan a formar parte de procesos habituales, desde la búsqueda de información hasta la automatización de actividades administrativas o creativas, consolidando una presencia cada vez más visible en distintos ámbitos de la vida diaria.
Al mismo tiempo, el avance de la IA plantea nuevos desafíos relacionados con la confianza, la transparencia y el desarrollo de competencias digitales. A medida que aumenta su utilización, crece también la necesidad de que los usuarios comprendan cómo funcionan estas herramientas, cuáles son sus limitaciones y cómo utilizarlas de forma crítica y responsable. En este contexto, la formación y la alfabetización digital aparecen como elementos clave para favorecer una adopción inclusiva y segura de estas tecnologías.
El bienestar digital como nueva dimensión de la desigualdad
El informe también analiza la relación entre tecnología y bienestar digital, y pone de relieve que el uso intensivo de dispositivos no siempre se traduce en una mayor calidad de vida. Según los datos, las personas con menor nivel de bienestar tienden a pasar más tiempo conectadas y a utilizar con mayor intensidad redes sociales y otros dispositivos digitales.
En cambio, quienes presentan niveles más altos de bienestar muestran patrones de uso distintos. Estos usuarios suelen gestionar mejor el tiempo de conexión, adaptarse con mayor facilidad a los cambios tecnológicos y mantener una relación más crítica con la información que consumen en entornos digitales.
En esta misma línea, el estudio profundiza en la percepción del tiempo de uso de dispositivos digitales. Aunque las diferencias no son especialmente significativas cuando se pregunta por un uso ‘algo más de lo deseado’ (33,8% en el caso de las personas con bajo bienestar frente al 31,5% entre las de alto bienestar), sí se amplía la brecha cuando se trata de una percepción más intensa de sobreexposición.
En concreto, el 29,9% de las personas con bajo bienestar afirma pasar ‘mucho más tiempo del que le gustaría’ conectado a dispositivos digitales, frente al 18,9% registrado entre quienes presentan un alto bienestar. En sentido contrario, la percepción de un uso ‘justo y necesario’ es más frecuente entre los grupos con mayor bienestar (40%) que entre aquellos con niveles más bajos (29,8%).
Estos datos apuntan a una diferencia no solo en el uso de la tecnología, sino también en la forma en la que se percibe ese uso y el grado de control sobre el tiempo digital.
En este contexto, el estudio sitúa la autonomía digital y el uso equilibrado de la tecnología como variables cada vez más relevantes dentro del análisis de las desigualdades vinculadas al entorno digital.
