Geana Leschko, Manager del Área de Innovación Urbana y Política Pública en TECH friendly

Geana Leschko, Manager del Área de Innovación Urbana y Política Pública en TECH friendly

Se podría afirmar que la innovación urbana está entrando en una nueva etapa. Las ciudades ya no solo diseñan estrategias o identifican retos: cada vez necesitan más instrumentos que les permitan probar soluciones en condiciones reales, generar evidencia y aprender antes de tomar decisiones de mayor alcance. En este contexto, los espacios de experimentación —sandboxes urbanos, living labs, testbeds o laboratorios urbanos— están ganando protagonismo como herramientas para conectar administraciones públicas, empresas, startups, centros de conocimiento y ciudadanía en proyectos de innovación más ordenados, colaborativos y orientados a impacto. ESMARTCITY habla con Geana Leschko, Manager del Área de Innovación Urbana y Política Pública en TECH friendly, sobre el papel actual y futuro de los espacios de experimentación urbana, su encaje jurídico y su capacidad para acercar la innovación a las necesidades reales de las administraciones públicas, el ecosistema innovador y el territorio.

Geana Leschko, Manager del Área de Innovación Urbana y Política Pública en TECH friendly
Los espacios de experimentación son uno de los actuales focos estratégicos de TECH friendly, liderado por Geana Leschko.

ESMARTCITY: Se habla cada vez más de sandboxes urbanos y espacios de experimentación. ¿Por qué están ganando relevancia en este momento?

Geana Leschko: Están ganando relevancia porque responden a una necesidad bastante clara: la innovación necesita espacios donde poder probarse con rigor. No basta con tener buenas ideas, buenas tecnologías o buenas estrategias. Cuando una solución va a afectar al espacio público, a servicios municipales, a datos, a movilidad, a energía o directamente a la ciudadanía, necesitamos saber cómo funciona en condiciones reales y bajo qué límites.

Durante mucho tiempo, la innovación urbana se ha asociado mucho a proyectos piloto. Y los pilotos son importantes, claro, pero no siempre generan aprendizaje suficiente por sí mismos. Una prueba puede servir para visibilizar una tecnología o para tener una primera experiencia, pero si no está bien diseñada, si no tiene indicadores, si no hay una gobernanza clara o si los resultados no se documentan, es difícil que ese aprendizaje se traduzca después en una mejor decisión pública.

Ahora estamos en un momento distinto. Los retos urbanos son más complejos y las soluciones también lo son. Pensemos en movilidad sostenible, transición energética, inteligencia artificial, datos urbanos, adaptación climática o economía circular. Son ámbitos donde la tecnología avanza muy rápido, a veces más rápido que los procedimientos administrativos y, en algunos casos, más rápido que la propia regulación. Por eso hacen falta marcos que permitan validar soluciones en condiciones reales, pero con seguridad, garantías y una finalidad clara.

También hay un contexto institucional que está ayudando. Desde el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades se ha reforzado el papel de la innovación local, especialmente a través de la Red Innpulso, que ha contribuido a consolidar una comunidad de ciudades comprometidas con políticas públicas innovadoras. En ese marco, los laboratorios urbanos, los espacios de experimentación y los sandboxes empiezan a verse como herramientas útiles para activar ecosistemas locales de innovación y conectar mejor la estrategia con la práctica.

Para mí, el cambio importante es que la ciudad ya no es solo el lugar donde se aplican soluciones. También puede ser un entorno donde aprender sobre ellas. Y eso tiene mucho valor, tanto para la administración como para el ecosistema innovador, porque permite tomar mejores decisiones antes de escalar una solución, comprarla, modificar un procedimiento o valorar si es necesario un cambio normativo.

ESMARTCITY: ¿Qué es exactamente un espacio de experimentación urbana? ¿Y qué diferencia a un sandbox urbano de otros conceptos como living lab, testbed o laboratorio urbano?

Geana Leschko: Cuando hablamos de espacios de experimentación urbana no hablamos de una única figura cerrada. Es más bien un paraguas amplio de instrumentos que permiten probar soluciones innovadoras en condiciones reales, o próximas a la realidad, con un marco definido de actuación.

Dentro de ese paraguas pueden entrar fórmulas distintas: sandboxes urbanos, living labs, testbeds, laboratorios urbanos, bancos de pruebas, demostradores, entornos controlados de prueba o incluso programas de retos de innovación que incorporan una fase de piloto. Todos comparten una misma lógica: crear condiciones para experimentar, reducir incertidumbre, generar evidencia y facilitar la colaboración entre administración, ecosistema innovador y, en muchos casos, ciudadanía.

La diferencia está en dónde pone el acento cada instrumento. Un living lab suele tener más peso en la co-creación y en la participación de personas usuarias. Un testbed se orienta más a validar aspectos técnicos, como rendimiento, interoperabilidad o escalabilidad. Un laboratorio urbano puede tener una dimensión más amplia de innovación pública, prototipado o colaboración entre agentes. Y un sandbox, sobre todo en sentido estricto, incorpora un componente de aprendizaje regulatorio, procedimental o institucional.

Por eso no empezaría por la etiqueta. Empezaría por la finalidad. ¿Qué queremos probar? ¿Qué incertidumbre queremos reducir? ¿Es técnica, social, operativa, jurídica, regulatoria o de mercado? ¿Qué papel debe tener la administración? ¿Qué necesita el ecosistema innovador? ¿Qué garantías hay que prever?

A partir de ahí se diseña el instrumento. En algunos casos tendrá sentido hablar de sandbox; en otros, de living lab; en otros, de banco de pruebas o de programa de retos con piloto. Lo importante es que el diseño sea coherente con el objetivo de la experimentación, con las competencias de la administración impulsora y con el nivel de garantías que exige cada prueba.

Desde una mirada jurídica, esta precisión es importante. No todo espacio de experimentación implica flexibilización normativa, y no todo sandbox puede excepcionar normas. De hecho, lo característico no es necesariamente la excepción, sino el aprendizaje normativo, procedimental o institucional que estos instrumentos pueden generar. Para que exista una verdadera excepción o atenuación de obligaciones jurídicas tiene que haber competencia, habilitación suficiente y necesidad. En muchos casos, el valor no está en excepcionar la norma, sino en ordenar el procedimiento, clarificar responsabilidades, coordinar autorizaciones, fijar límites y generar aprendizaje útil.

ESMARTCITY: Desde una mirada jurídica, ¿qué elementos hay que tener claros al diseñar un sandbox urbano?

Geana Leschko: Lo primero es tener claro que un sandbox no significa operar fuera de la norma. Al contrario: significa crear un marco para experimentar dentro del Derecho, con reglas específicas, límites claros y garantías adecuadas.

Hay varias cuestiones esenciales. La primera es la competencia: qué administración puede autorizar, acompañar o supervisar la prueba y hasta dónde llega realmente su capacidad de actuación. La segunda es la habilitación normativa. Una administración local no puede excepcionar libremente normas estatales o autonómicas si no tiene competencia o cobertura suficiente para hacerlo. Esto es especialmente importante cuando hablamos de sandboxes con una verdadera dimensión regulatoria.

También hay que elegir bien el instrumento jurídico. No siempre será necesaria una ordenanza. Dependiendo del alcance, puede articularse mediante bases, programas, convenios, autorizaciones, protocolos o acuerdos específicos. Lo relevante es que el instrumento elegido sea coherente con lo que se quiere hacer y con las garantías que exige cada tipo de prueba.

Y luego está el protocolo de pruebas, que para mí es una pieza central. Ahí se concreta el objeto de la prueba, la duración, el espacio, las obligaciones de las partes, los indicadores, las medidas de seguridad, la protección de datos, los seguros, la responsabilidad, las causas de suspensión y la forma de evaluación.

La experimentación puede ser flexible, pero no puede ser jurídicamente imprecisa. Esa es una diferencia importante.

ESMARTCITY: ¿Qué valor aportan estos espacios tanto a las administraciones públicas como al ecosistema innovador?

Geana Leschko: El valor está precisamente en que generan beneficios para ambas partes.

Para la administración pública, estos espacios permiten ordenar la entrada de propuestas innovadoras, coordinar áreas municipales, validar soluciones antes de tomar decisiones de mayor alcance y generar evidencia para mejorar servicios, procedimientos o políticas públicas. También ayudan a pasar de una posición más reactiva frente a la innovación a una posición más proactiva y estructurada.

Para el ecosistema innovador el valor también es muy claro. Empresas, startups, universidades o centros tecnológicos pueden acceder a condiciones reales de validación, contrastar sus soluciones con necesidades concretas del territorio, entender mejor los requisitos jurídicos o administrativos y reducir incertidumbres técnicas, regulatorias o de mercado.

Una solución puede funcionar bien en laboratorio o en un entorno privado, pero la ciudad introduce variables muy distintas: personas usuarias reales, espacio público, infraestructuras existentes, convivencia con otros usos, normativa, mantenimiento, aceptación social y coordinación con servicios públicos. Poder probar en ese contexto, con acompañamiento y reglas claras, permite madurar mucho más una solución.

Ahora bien, también conviene ser claros: estos espacios no deben confundirse con una vía informal de acceso al mercado público. Un sandbox no sustituye a la contratación pública ni elimina los principios de concurrencia, igualdad o transparencia. Su valor está en permitir probar, aprender y generar evidencia. Si después procede contratar o escalar, habrá que utilizar el instrumento jurídico que corresponda.

ESMARTCITY: ¿Qué implica convertir la experimentación urbana en una política pública estable?

Geana Leschko: Implica entender la experimentación no como una actuación puntual, sino como una forma ordenada de aprender, tomar decisiones y mejorar la acción pública.

Una política urbana de fomento a la innovación que incluya el apoyo a la experimentación requiere definir prioridades, identificar qué activos puede ofrecer la ciudad, establecer un procedimiento claro de entrada de propuestas, coordinar áreas municipales, fijar condiciones jurídicas y técnicas, acompañar las pruebas, medir resultados y decidir qué ocurre después.

Para mí, la clave está en que la experimentación no termine cuando finaliza una prueba concreta. Un buen testeo debería dejar aprendizajes sobre la solución testada, pero también sobre la propia administración: qué procedimientos han funcionado, qué autorizaciones han sido necesarias, qué barreras han aparecido, qué riesgos hay que prever mejor o qué instrumentos jurídicos son más adecuados.

También exige incorporar garantías. Experimentar en ciudad implica actuar sobre entornos reales, muchas veces vinculados a espacio público, servicios municipales, datos o ciudadanía. Por eso hacen falta reglas claras, transparencia, responsabilidades bien delimitadas, indicadores y mecanismos de evaluación.

Cuando se plantea así, la experimentación deja de ser solo una herramienta para probar soluciones y se convierte en una capacidad pública: una manera de conectar innovación, seguridad jurídica, aprendizaje institucional e impacto territorial.

ESMARTCITY: Mirando al futuro, ¿qué papel pueden jugar los espacios de experimentación en la forma de gobernar la innovación urbana?

Geana Leschko: Pueden jugar un papel muy relevante, siempre que no los entendamos como instrumentos aislados, sino como parte de una nueva forma de gobernar la innovación.

En España ya hemos visto cómo la lógica de los entornos controlados de prueba ha ido ganando espacio en ámbitos sectoriales muy regulados, como el financiero, el energético o la inteligencia artificial. Eso ha consolidado una idea importante: cuando la innovación avanza rápido y genera incertidumbre, no siempre basta con esperar a tener una regulación perfecta o aplicar los procedimientos tradicionales sin ningún margen de aprendizaje. En determinados casos hace falta crear marcos seguros para probar, observar y ajustar.

En el ámbito urbano, esta lógica tiene una dimensión especialmente interesante. Las ciudades no tienen que replicar exactamente los sandboxes regulatorios estatales, porque su papel y sus competencias son diferentes. Su valor está en aportar realidad: espacios públicos, servicios municipales, infraestructuras, datos, ciudadanía, casos de uso concretos y conocimiento del territorio.

Por eso los espacios de experimentación urbana pueden convertirse en una pieza estratégica para conectar cuestiones que muchas veces avanzan por separado: la innovación del ecosistema, la actuación de la administración y las necesidades reales del territorio.

Para las empresas, startups, universidades o centros tecnológicos, pueden ofrecer un entorno de validación más claro y cercano a mercado. Para las administraciones, pueden generar evidencia antes de escalar, contratar, regular o transformar un servicio. Y para la ciudadanía, pueden contribuir a que la innovación se oriente mejor hacia problemas reales y se pruebe con más transparencia, garantías y responsabilidad.

El reto de futuro será conectar mejor estos espacios con las grandes agendas urbanas: transición verde, digitalización, movilidad, energía, datos, la innovación en la compra pública y desarrollo económico. Si se integran bien, pueden convertirse en una infraestructura estratégica para que las ciudades atraigan innovación, generen evidencia y participen de forma más activa en la transformación de políticas públicas.

Desde una perspectiva jurídica, esto exige una mirada rigurosa. Habrá casos en los que el margen local esté en ordenar procedimientos, coordinar autorizaciones, facilitar recursos urbanos o fijar condiciones de prueba. Y habrá otros en los que, si se quiere flexibilizar o modular obligaciones normativas, será imprescindible contar con competencia y habilitación suficiente. Esa distinción va a ser cada vez más importante.

En definitiva, el futuro de estos instrumentos pasa por convertir la experimentación en una capacidad pública estable: una forma de probar con garantías, aprender con evidencia y orientar mejor la innovación hacia el interés general. Para mí, ese es el verdadero potencial de los espacios de experimentación urbana: no solo permitir que ocurran más pruebas, sino ayudar a gobernar mejor la innovación.

 

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